Entrevista a Fabián Casas

agosto 11, 2011 at 1:51 pm 1 comentario

Patricio Zunini le realizó una entrevista para Eterna Cadencia. Y aquí la robo:
05-08-2011 |Eterna Cadencia

“A la mayoría de mis amigos no le interesa lo que escribo”

Fabián Casas acaba de publicar el libro Breves apuntes de autoayuda en donde compila sus artículos publicados en los últimos años. En esta entrevista hablamos sobre el libro y sobre su rol de lector/escritor.

fabián casas

Hace poco, en una reseña biográfica, decías que ya no escribís más. ¿Es así?

Eso lo dije cuando nació mi hija. No es que haya tomado la decisión de no volver a escribir, si no que, simplemente, en muchos momentos de la vida dejo de escribir. Lo que hago siempre es leer; no podría vivir sin leer, pero puedo vivir sin escribir. De repente me preguntaron qué estaba escribiendo y yo dije que no estaba escribiendo nada. Ahora volví a trabajar para una película con Lisandro Alonso: es un guión que después se convirtió en una especie de novela. Vamos haciendo la película y la novela.

Pero, sin embargo, se nota que te pesa el rótulo de escritor: siempre te corrés de ahí.

Sí, es insoportable.

 

¿Por qué? ¿Te cuesta asumirte como escritor?

No. Para mí es tan natural como ser argentino. Soy argentino: es una fatalidad. Es lo que soy, no tengo motivo para reivindicarlo ni para elevar algo evidente. Desde chico soy lector y escritor. Lo que me molesta o me produce un desgaste es tener que… Me gusta ser una persona que tiene una vida privada. Que si vos y yo tenemos una relación, las cosas queden entre nosotros salvo que vengas como periodista para hacer una entrevista. Pero, por ejemplo, hace unos días me encontré con Quintín, que aunque tiene la mejor onda, no le importa nada y después apareció en todos lados que yo tenía una teoría para ser Premio Nobel porque hago karate. Yo me le acerqué de una manera cordial, le recomendé libros porque me preguntó. No había ninguna otra intención. Y después sale publicado aquello. Eso me retrae mucho, porque me doy cuenta de que limita las relaciones. Si te dejás atrapar por lo que crean u opinen sobre vos te liquida. Por eso siento mejor esta relación más plástica: escribo libros, soy periodista, hago un montón de otras cosas.

Hay un cliché sobre vos: “Casas habla sobre sí mismo”. ¿Cómo te afecta ese cliché?

Los clichés son problemas de la gente. El 80% de nuestras vidas es un cliché. Lo que trato de hacer es agrandar un poco el estado de una vida más interesante, con experiencias, con riesgos. Pero es difícil. Soy una persona normal, ni yo ni vos somos Krishnamurti.

¿Qué ejercicios te provoca la mirada del otro?

Muchas veces lo que me devuelve un lector, lo que me devuelve mi mujer cuando lee los relatos para mí es súper interesante. Entiendo la literatura como algo colectivo, no individual, entonces lo que escribo es un cúmulo de cosas que también deciden las demás personas. Estoy súper abierto a eso.

Hay escritores que dicen que escriben para sus amigos, otros dicen que no escriben para nadie. ¿Vos pensás en un tipo de lector?

No. Cuando empecé a escribir y cuando se publicó Los Lemmings, pensaba que me gustaría que me leyeran los chicos de mi barrio, mis amigos. Pero después te das cuenta que la experiencia con los lectores es algo inverosímil: de repente hay gente que no conocés que te dice algo por la calle o que te llama por teléfono.

Los artículos que se compilan en Breves apuntes de autoayuda aparecieron en diarios, en blogs, tuvieron ya una cierta repercusión. Cuando publicás un libro, ¿qué esperás encontrar del otro lado?

Cuando hago algo, hasta cuando cocino, estoy esperando que me digas algo: me gusta que me digan qué rico lo que cocinaste. Sí: siempre espero. Si no, no publico. Es un honor cuando me para alguien por la calle y me dice que leyó mi libro. Me produce mucha alegría. Pero yo no vengo a trabajar de escritor. A la mayoría de mis amigos no les interesa lo que yo escribo.

Es llamativo que los artículos de Breves apuntes de autoayuda, libro en sintonía con Ensayos bonsái, se hayan publicado en tantos medios: Trabajos prácticos, Radar, Perfil, Ñ. Sos uno de los pocos que escribe en casi todos los suplementos.

Menos en La Nación; escribo en varios. Más que hablar bien de mí, eso habla bien del editor. Que Maximiliano Tomas acepte para Perfil la idea de un ensayo raro, que no tiene la forma prototípica de ensayo periodístico, habla bien de él. Esa libertad se adquiere a partir de las personas con las que se vincula. Me pasa lo mismo con Diego Erlan de Ñ. Tengo el privilegio de tratar con personas que tienen re buena onda. Por eso, cuando sale el libro, padezco la parte de salir a dar entrevistas.

¿Por qué?

Te diría que con el 80% de la gente que me entrevista tengo un vínculo. Eso es para mí un privilegio. Pero desgasta tener que hacer muchas entrevistas y en un tiempo muy corto. A veces tenés que hacerlo más mecánico: llegué a España, me senté en una mesa en la que había cinco tipos, tuve que estar ahí… Estuvo bueno porque fue un apoyo a la editorial Alpha Decay que publicó Los Lemmings y ahora publica Ocio, pero es medio quemante porque tenés que estar repitiendo; no soy una persona que tiene tantas ideas.

¿Siempre te hacemos las mismas preguntas?

Yo no tengo tampoco tantas cosas para contar. También tiene que ver el momento que tengas. Como lector, me gustan los reportajes a escritores. Pero cuando se acumulan mucho porque sale un libro y tenés que hacerlo mecánicamente, cansa.

En los artículos encontré ciertas recurrencias: las menciones a Borges, a Chitarroni, por ejemplo, y también cierto halo de nostalgia.

Puede ser, yo estoy muy atento a la nostalgia: es un disparador pero también es improductiva. Hay un cuento de Ray Bradbury, “La tercera expedición”, que lo recomiendo enfáticamente: llega a Marte una tercera expedición sin saber qué había pasado con las dos anteriores. El capitán, antes de bajar de la nave, les dice a todos que no se separen ni que suelten las armas. Llegan al lugar y en Marte los vienen a recibir todos los seres queridos muertos: la tía, el hermano que murió… Pasan todo el día con ellos y cada uno se va con sus familiares a las casas que son réplicas donde vivían ellos. El narrador se queda, creo, con el hermano y sus dos abuelos. Están todos felices disfrutando el día, se acuesta a dormir en el cuarto que compartía con su hermano y en la mitad de la noche se despierta y piensa ¡estamos todos separados y sin las armas! Entonces como en un movimiento mecánico se levanta para agarrar el arma y el hermano le dice “¿a dónde vas?”. Ahí termina el cuento. Eso para mí es un cuento en contra de la nostalgia: la nostalgia te puede destruir. Muchas veces las cosas surgen de la nostalgia como surgen de la emoción, muchas veces vos escribís algo a partir de la emoción, pero después tenés que trabajar el material como si fuera una máquina.

Ocio es un libro que me despertó mucha nostalgia.

Pero eso es otra cosa. Eso es trabajar el correlato objetivo: escribís determinadas cosas y eso te lleva a la nostalgia, pero no son libros nostalgiosos.

¿Qué libro sería nostalgioso?

A mí no me gustan los escritores del gatillo fácil, que todo el tiempo te están explicando lo que tenés que sentir.

Volviendo a las recurrencias: Salinger y la Generación Beat atraviesa un montón de tus lecturas.

Salinger para mí es un crack total. Me gusta más que toda la generación beat. Yo hago una diferencia ahí. Una vez hablaba con Sergio Raimondi sobre El almuerzo desnudo, de Burroughs. Comúnmente está bueno hablar bien de Burroughs, porque se produce esa especie de idea falsa de que lo que te gusta tiene que ser interesante y culto porque eso te produce a vos una metonimia y te transmite un poco de lo que ese objeto en capital simbólico está trabajando. Pero yo trato de ser honesto: leo El almuerzo desnudo y me duermo, me cuesta mucho avanzar. En cambio me gustan el Burroughs más narrativo. Probablemente sea el menos interesante, pero es el que más me gusta a mí. Quiero decir que soy provinciano, que por ahí no lo entiendo.

Mencionás la palabra honestidad y en los artículos de Breves apuntes de autoayuda hablás bien de gente que queda mal defender y viceversa. ¿Buscás la incomodidad?

Yo busco la incomodidad cuando escribo yo conmigo. Si estoy escribiendo algo y encuentro que está mi voz personal que me tranquiliza, que siento que de alguna manera va a llenar a un lector hipotético que se hizo presente y que yo reconozco, entonces trabajo en contra de eso. Trabajo en contra de mi habilidad. Como lector me gustan los escritores que vos sentís que tienen la piedra en el zapato. Ahora, todos hablamos de Bolaño con el resultado puesto, pero fue un escritor que durante muchísimo tiempo no lo junó nadie. Ahora hay un escritor que se llama Javier Ragau, que es genial. Yo leí dos libros suyos (creo que tiene tres). Yo por ahí estoy una semana para sacar un personaje de una pieza; Ragau destruye la pared y lo saca. Son escritores que por su forma de ser parece que nunca va a llegar a ser reconocidos, no cumplen con los requisitos, pero son absolutamente esenciales para los tejidos de la literatura. Tienen que existir: leo a Ragau y me dan ganas de escribir inmediatamente.

Aunque en tus artículos se haga crítica, nunca te metés contra alguien con nombre y apellido. Las críticas son más bien veladas. ¿Por qué?

Cuando alguien me da un texto para leer, novelas o cuentos, puedo ser cordial y súper brutal, pero en el periodismo no encuentro por qué destruir un libro porque para eso ya está Tinelli. Tinelli produce que nadie lea. Entonces yo intento reivindicar un libro.

¿Por qué tanta negativa en contra de los talleres literarios?

No tengo, para nada.

Pero la mirada en los artículos es muy negativa.

Se puede ver así, pero personalmente creo que está buenísimo. Yo, de hecho, voy a talleres literarios. Es un placer cuando me invitan a talleres literarios: hablar, escuchar lo que escriben los demás, lo que dicen sobre lo que vos escribís. Me parece genial. Lo que sí creo es que hay determinados códigos en los que a veces el taller literario intenta formatearte de una manera y que después el que tiene talento va a trabajar contra eso. La capacidad de escribir con talento no te la da ni el taller literario, ni que venga Herralde y te diga yo creo en vos: no te lo da nadie. Si tenés talento, un taller literario te puede ayudar muchísimo más todavía. No estoy en contra del taller literario para nada, pero si hago un taller literario y todos mis alumnos escriben como yo, el taller es malo.

Hablemos del título del libro: ¿Por qué Breves apuntes de autoayuda?

Lo pensé porque muchos periodistas que me llamaron me dijeron que leerlo les produjo alegría [se ríe]. Una vez unos alumnos a los que les daban libros míos le pedían al profesor que no los hiciera leer más Ocio porque se iban a matar, los deprimía. Una amiga mía que me dijo que todas las noches que llegaba mal, agarraba el libro y se dormía contenta. Cecilia Szperling me dijo que le producía alegría leerlo. Está bueno: quizás logré transmitir que para mí la literatura y la cultura en términos no institucionales, lo que es un libro, lo que es un músico, me producen deseos de vivir.

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Cosas que leo por ahí… Un día espectacular para leer a William Blake

1 Comentario Add your own

  • 1. Anónimo  |  septiembre 19, 2011 en 4:56 pm

    A mi Ocio me hizo reir mucho!!

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