De encaje

“Alejate de la mujer rencillosa y habladora, la mujer debe callar y sonreir”. Eso le habían dicho, lo había escuchado, pero lejos de ponerlo en práctica movió su mano para desabrocharle el corpiño negro de encaje. Ella había pasado por todos los estados esa noche. Había llorado, gritado, reído, lo había empujado, mordido y recién ahora lo miraba con algo que no era cariño, ni ternura, más bien era el gesto de una araña que próxima a engullir a su presa, permite que – antes-  la fecunde.

G.L.

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