Nueva recomendación: New Pompey

En New Pompey, Horacio Convertini la rompe. La novela cuenta la historia de Cali, un periodista que vuelve a su barrio, a la casa donde se crio, cuando mueren sus padres.

En ese ambiente fantasmal, representado en la casa, en las estufas, en los frascos de perfume, el olor de ellos, el protagonista asiste a una realidad concreta: dejar de ser hijo. Ante esta desolación, sumada a los conflictos no resueltos con sus padres y la separación de su novio, sólo puede sacarlo de allí una aventura o una pesadilla.

9789876095686Lo que sucede a continuación gira en torno a eso, sus personajes también. El Chino, por ejemplo. Construido por capas, en dimensiones oscuras, viene a salvar a Cali proponiéndole algo descabellado: afanar el club del barrio. Otros personajes llenan la escena y como pasa en las novelas bien construidas vienen a hablarnos de él. Llegamos a partir de ellos a conocer más a Cali, al lugar de dónde salió y comprender por qué escapó cuando lo hizo.

Como en otras de sus obras, Convertini retoma la relación con una madre que espera otro futuro para su hijo, los amigos, la prostitución, el barrio y logra que el camino del narrador sea un camino hacia la comprensión. Asistimos a la búsqueda de un entendimiento. No sé si el escritor haya logrado, al terminar la novela, entender algo más acerca de la condición humana, no sé si todos los lectores que lean esta novela lo harán, yo sé que el capítulo del padre dejó en mí una pregunta, que ahora me toca responderla y eso para mí es literatura.

Los deseantes, Juan José Burzi

LOS DESEANTES- tapa jpg (2)

Veo que son cuentos largos y estoy cansada. Como no me gusta dejar un relato por la mitad, cierro el libro, pienso: Mañana. Pero me tiento, tengo un fetiche con los comienzos. Abro al azar y empiezo a leer un cuento. No es que lo vaya a terminar sólo quiero ver cómo arranca:

“Por ahora alcanza con decir que me llamo Juan José y que el motivo de mi ruina tiene nombre y apellido: Carolina Gómez. Era un típica chica que empezaba su adolescencia, apenas más alta que alguien de su edad, algo así como metro sesenta y algo. Delgada hasta el punto que parecía no tener cuelo y que apenas se le notaban las tetitas. Caminaba con elegancia, algo no muy común en alguien tan joven… y así podría escribir muchas páginas hablando del cuerpo de Carolina, sobre su cara, sobre Carolina en su totalidad.

A pesar de eso, me parece que puedo abreviar lo que tengo para contar en algunas carillas. También puedo resumir por qué de todas las alumnas que tuve y que me calentaron fue Carolina con la que más lejos llegué, a la que toqué, a la que chupé, cogí, ensucié.. a la que guié, como un necio, a una noche que ella aprendió a conocer mejor que yo y que en definitiva terminó siendo nuestra noche, ni mía ni de ella, sino de los dos”.

Listo. Plan de dormir arruinado. El cuento se llama Los deseantes, como el libro, y me atrapa. Lo termino de leer y me gusta mucho. Es un cuento que habla sobre una relación entre un profesor y una alumna menor de edad. Entonces sí, voy al comienzo y leo Los monstruos que también me gusta mucho y me resulta original. Una hermana y un hermano que son pareja, que cogen. Puta: Peligro de insomnio. Empiezo a leer Loop y me obligo a cerrar el libro. Al otro día seguiré con Crónica negra y terminaré Loop. Si bien este último cambia un poco la temática que venía manejando el libro, la sexualidad, el incesto, el sometimiento, me encanta el planteo sobre la identidad y pienso si no podría ser una nouvelle corta. Yo creo que sí.

Me lo llevo al taller, comparto pedazos de los cuentos que más me gustaron: Los deseantes y Los monstruos. Les gustan los relatos, los impactan, uno de los chicos del taller me dice: “Qué fuerte”. Yo pienso que nunca dije tantas veces la palabra “pija” en el taller y eso me da gracia, pero no digo nada.

Vuelvo a casa, pienso en esa expresión “qué fuerte”. No los siento así, aunque lo sean, yo los escucho vibrantes, luminosos, como esos viejos stickers que decían “glow in the dark” y te hacían ir corriendo, excitada, al cuarto, apagar la luz y ver si era verdad que pasaba eso y cuán intenso podría ser esta vez.

Recomendado, Editorial Zona Borde.

Recomiendo dos libros de poesía

Ambos pertenecen a la editorial Viajero Insomne, los leí el año pasado y por esas cosas del día a día no llegué a comentarlos. Tampoco es que hoy tengo mucho tiempo, así que seré breve, diré: Si te gusta la poesía, leelos.

Y como para muestra bien vale un glotón, acá un poema de cada:

pequenos-botes-cruzando-lo-negro-del-rio

HAY UN ECO QUE VUELVE DESDE EL AGUA Y REBOTA EN LAS PAREDES

como gorrión caído luchando por salir de la maceta

una centrífuga de frases dichas al pasar

que no siempre alcanzan la conversación

como si estuvieran ahí para armar por años

un rompecabezas y cada día un pieza nueva

llegara con el viento y la voz cambiada

casi un susurro, para perderse al fin

esfumarse, entre la niebla bajando

sobre pequeños botes que cruzan lo negro del río.

(Pequeños botes cruzando lo negro del río- Martín Vázquez Grillé)

lugano-1-y-2

Mis padres me usaban de burro de carga

hablando mal, el uno del otro.

Me tocaba transportar material radioactivo

y el líquido espeso de las conversaciones

se filtraba en su goteo

pero a mí no me importaba convertirme

en un burro fluorescente

brillando en medio de la noche.

(de la serie “Lugano 1 y 2”- Patricio Foglia)

Robar un verbo

Lo que se dice: robar-un-verbo.

Eso hizo Leo Oyola con Obitó.

No se puede usar ahora sin que remita al gran comienzo de su novela Kryptonita. No se puede evocar sin que uno quede sumergido instantáneamente en esa pileta de agua contenida que resulta la sala de espera de aquel hospital. Por eso digo que lo robó, el muy atrevido, que encima pone siempre esa cara de buen tipo, de bailarín y uno sólo puede quererlo a pesar del saqueo.

Kryptonita, Editoria Mondadori, 2011.

Un corazón ya sin fuego

Abandonado en una calle de tierra

Obitó.

Parece japonés.

Obitó.

Hasta suena gracioso. Y es todo lo contrario.

Obitó.

Cinco letras. Una palabra. Una acción terminal para pronunciar la peor noticia que puedan llegar a recibir. Obitó. Verbo en pasado perfecto. Excelente definición de lo que fue una vida. Algo pasado. Algo único. No importa si fue una vida buena o mala. Fue algo único porque existió ahora ya no más porque…

Obitó.

Cuando pronunciamos la palabra obitó lo que les intentamos decir es que su ser querido, esa persona por la que ustedes lamentablemente nos conocieron bajo esta circunstancia particular, falleció.

Está muerta.

Obitó.

Obitó es una palabra, un verbo, que jamás se pronuncia en una clínica privada. Porque donde hay dinero de por medio es otro el procedimiento. Porque si se paga es para recibir algo diferente. Algo mejor. En teoría. La práctica igual avala. Pero podrían recibir algo mejor. El consuelo de tontos es que peor están los que no tienen obra social. Y ésa es una verdad irrefutable. Les comentaba que en una clínica privada a los familiares nunca se les dice obitó. Se los hace ir a esperar a una sala especialmente preparada para esta situación. Una habitación generosa en espacio. Paredes y techo pintados de blanco. Una habitación impecable. Inmaculada. Sólo con un sofá enorme. Pesado. Un único sofá que invita a sentarse en él sí o sí. No hay sillas. No hay mesas ni mesitas. No hay flores porque no hay floreros. Tampoco cuadros. No hay nada más que ese sofá enorme donde suelen esperar apretados los familiares. No hay nada más que ese sofá y música. Música clásica que sale de parlantes ocultos. Música clásica o algún tema de Vangelis. Si alguna vez a ustedes los hacen pasar a un lugar así, prepárense. Sean conscientes de lo que sigue. 

Sigue: http://www.bn.gov.ar/abanico/A81112/pdf/Leonardo%20Oyola%20-%20Kryptonita.pdf